Las primeras candidatas, sobre todo aquellas que en realidad eran solo hijas de campesinos adinerados, habían llegado en carruajes de oro, con ayudas de cámara, nanas, modistas, peluqueras e incluso alguna había traído su enano bufón y su cuentacuentos. Pero sin excepción, la comitiva principesca era convidada a esperar en unas enormes tiendas de telas plantadas a tal efecto en las puertas del castillo.
Las últimas aspirantes, sabedoras de aquello, se hacían acompañar a lo sumo de un par de criados, que hacían pasar hasta por médicos con la esperanza de que pudieran adentrarse con ellas y ayudarlas en aquella prueba que suponían tan complicada. No obstante, las normas del rey eran tajantes: ni hechiceras personales, ni ayudas de cámara, ni peinadoras reales… nadie podía atravesar aquellas murallas más que las princesas, pues podrían verse alterados los resultados de la prueba.
La misma noche que la princesa de largos cabellos de seda y oro, arribó hasta las puertas la princesa Miosotis, una joven bellísima que venía cabalgando sobre su propio caballo.
Miosotis portaba este raro nombre porque su madre se lo había preguntado al jardinero una mañana que reparó en una flor exótica que, al abrirse, eclipsaba a cualquier otra. La pequeña Miosotis había sufrido la desgracia de perder a su madre antes casi de conocerla pues aquella no pudo sobrevivir al parto y su padre, el rey, había estado tan enamorado de ella que ni siquiera pudo contemplar durante los años siguientes la idea de tomar nueva esposa para engendrar un hijo varón.
Como Miosotis, según crecía, era el mismo retrato de su madre, su padre la llevaba consigo incluso a las batallas. La instruía en las estrategias y las tácticas de ataque. Los soldados le enseñaban a hacer hogueras, a guiarse por las estrellas y a manejar la espada. Además de estos maestros y de la propia naturaleza, la niña contaba con dos ayas que viajaban siempre a su lado, y le mostraban los secretos de la filosofía, el latín y las otras materias que se reservaban a la educación de los príncipes.
Cuando Miosotis llegó a la puerta del castillo, sus palabras fueron:
-He oído que el príncipe de este reino pretende desposarse, y siendo ese también mi deseo, quisiera conocerlo para decidir si me conviene como consorte.
El guardián, que era uno de los augures, sonrío ante el atrevimiento de la princesa, la cual se veía sudorosa y desaliñada de cabalgar, y a pesar de ello radiante, pero solo contestó:
-Por supuesto, princesa. Nuestro príncipe espera a su reina. ¿Conocéis la regla sobre no entrar ninguna compañía al recinto, verdad?
-La conozco, y por ello vengo sola. Sin embargo, mi caballo debe entrar. No lo dejaré afuera abandonado sin cuidados aunque tenga que dar marcha atrás.
El augur meditó sobre si debía negarse, pero en su interior una voz le avisaba que aquella muchacha tan distinta sería una reina y no quiso contrariarla. Y, estrictamente, un caballo no era un lacayo. De manera que, por primera vez, una princesa atravesó el umbral del castillo montada sobre su corcel.
El rey, al contemplar la gallardía de aquella princesa, pensó que al fin había arribado la ganadora. Durante la cena, ambas recién llegadas Analía y Miosotis, aparecieron con sus mejores galas: Analía con sus cabellos brillantes y lacios hasta los pies, que la obligaban a andar a pequeños pasitos como un ser apocado tocado de oro; y Miosotis con una irresistible sonrisa desplegada y una energía contagiosa.
Mientras se sucedían las viandas, Miosotis pidió que se felicitara al cocinero real por la pericia con que había asado el venado, y Analía pensó de inmediato que tenía enfrente a una impostora, ya que conocía tan bien las cocinas "desde dentro".
-¿Acaso habéis cocinado alguna vez un venado? -preguntó Analía para desenmascararla.
-Oh, desde luego... Incluso lo he cazado, cuando no había otro remedio pues los víveres del grupo se acababan, ya que el ejercicio de la caza, en sí mismo, es algo que aborrezco.
FIN DEL TERCER CAPÍTULO